Como cada mañana abrió los ojos perezosamente.
Llevaba unos minutos despierta pero se resistía a levantarse.
La mente destilaba cansancio y el cuerpo, magullado, pedida a gritos sesión balneario, como si en un sonambulismo recién descubierto hubiese practicado aquellos ejercicios de contorsionismo que la maravillaban.
Miró a su alrededor y empezó a encajar recuerdos del puzzle de la noche anterior.
Habían cenado al aire libre, o al menos al aire en 3º grado.
El agua o el vino se habían quedado atrás para una ocasión de tal calibre. Substituyeron la bebida por cacaolat y el menú degustación por un par de bocadillos de contenido abstracto en su definición, con la única magia de aprisionar todo lo que habían hallado en su minuciosa excursión culinaria entre dos mitades de baguette.
Extrañamente en ella, Alexandra se había despertado sin hambre, había amanecido saciada.
De nuevo su mente terminó el proceso de carga y recordó que se había dormido mirando las estrellas mientras el narraba su ilógica y moderna versión de su clásico preferido, El principito.
Lo arropó con la mirada y salió de la habitación de puntillas, como si el silencioso roce de sus calcetines con aquel viejo parqué pudiesen perturbar el sueño de aquel enigmático personaje .
Al llegar a la cocina y tras finalizar la búsqueda de todas y cada una de las prendas de las que se había desprendido por el camino decidió recuperar el romanticismo que había dejado atrás en la preadolescencia.
Rebuscó en busca de instrumental y procedió a repetir un detalle que le habían inculcado las películas americanas de sobremesa de Antena3.
Anotó en el calendario que colgaba del portón de una nevera Balay casi vintage:
"Puede que para ti sea tan simple como volcar las mantas en el suelo, inventar constelaciones con 3€ de estrellas adhesivas y dejar que el viento se cuele por la ventana pero, para mi, es volver a soñar. Gracias por hacerlo real"
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