El primer contacto fue casi irreal, de esas casualidades absurdas que dejan huella.
Mientras el mundo iba y venía ella permanecía cerca, siempre cerca, casi inmóvil como esperando a que le dedicase un momento de atención.
Al principio no me preocupaba demasiado saber que estaba ahí.
Poco a poco su presencia fue haciendose más pesada, tan cercana que resultaba asfixiante.
A veces conseguía sacar lo mejor de mi, lograr que buscase fuerzas donde creía que solo había escombros, otras por mucho que exprimía, que presionaba, el unico zumo que conseguía era un prefabricado de lágrimas de sangre.
Y en esos momentos en los que conseguía que una avalancha de escalofríos recorriese mi cuerpo, en los que me sentía nadie, me subía al coche y pisaba a fondo.
El rabioso grito de las revoluciones pidiendo más.
El unico deseo de que esa carretera no tuviese final y si lo tenía, fuese ella.
Y así llegó el final, entre hospitales y ambulancias, entre batas blancas y nombres perfilados en negro.
Allí estaba ella, para mirarme por última vez e insinuarme que yo era la única culpable de caer una vez más, la última, en sus brazos, en el cálido abrazo de la muerte.
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