martes, 8 de febrero de 2011

Reflejando


De atenta mirada.
A veces era una mirada de reproche, otras de orgullo, otras simplemente no quería decir nada que no supiésemos las dos.
Sus ojos brillaban mas allá de dimes y diretes que se transmitían por el barrio como aquellas malditas plagas de los 20.
No creía estar por encima, ni por debajo de nadie. Era ese narrador externo del que tanto nos hablaban en primaria. Parecía saberlo todo, conocía todos los detalles de la trama pero no formaba parte de ella, no era uno de los personajes.
Yo nunca había sido demasiado reflexiva, los impulsos habían gobernado mi vida en los mejores y los peores momentos.
Últimamente, muchos de esos momentos se repetían en mi cabeza como si de un estribillo de la canción del verano se tratase, produciéndome incluso vértigo.
Mareada, fatigada por la sensación asfixiante de vértigo, miraba al suelo pensando en lo dura que iba a ser la caída pero no veía nada. Solo sus enormes y brillantes ojos negros.
Quizá no me estuviesen mirando a mi, pero estaban ahí, dándome el mejor espejo que nunca tendré, enseñándome en el que el mundo nunca es tan pequeño como lo ves cuando te sientes dentro de él.

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