Siempre había sentido atracción por su pelo.
De niña acaparaba en mis diminutas manos aquella inmensa coleta color nieve con reflejos carbón.
Muchos decían que remarcaba su carácter tradicional a través de su aspecto, ella aseguraba que no renunciaría a la naturalidad.
Su sonrisa , joven; sus ojos siempre apagados y tristes.
Aquella niñera sin salario no era amante de verbalizar sus sentimientos ni exacerbada en la muestra de afectos.
Razonaba advirtiendo su ignorancia y transmitiendo serenidad. Me rodeaba de una prudencia de la que huía por visceralidad.
La había visto caminando por los años sin alterar su aspecto ni su vitalidad.
Era una mujer de trazo constante: ahorraba en verbos y derrochaba en razón.
No pretendía imponer su criterio pero sus argumentos eran irrebatibles, a pesar de mi pasión por cuestionarlo.
Siempre me había preguntado porque a pesar de la fortaleza de su temperamento, su mirada amanecía cada vez más lejos del presente.
Desconocía completamente sus rutinas del ayer, parecía haber encerrado los recuerdos en cárceles de silencio con acceso únicamente personal.
Se encogía en aquella mecedora de madera con aire vivido y desaparecía entre la multitud.
Pasó de puntillas desconociendo todos aquellos lugares en los que dejaba huella.
Desconociendo que nunca habían conocido a alguien como ella.
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