Encontraba el amor en cada cuerpo, en cada mirada, en cada sonrisa.
Acariciaba la felicidad cada noche, brindada por las mismas palabras en bocas de hombres distintos.
Quizá la diferencia con todas las demás era que ella no se engañaba, que ella sabía que el amor caducaba.
¿Cincuenta años y bodas de oro?¿Un mes?¿Unas horas?
Las fechas solo eran para ella números vacíos, como esos dichosos códigos de barras, nunca logró entender su importancia.
Como muchas otras, se dejaba una pequeña parte de si en cada nombre. Dsifrutaba de la textura e incluso del estampado de las sábanas, de un afeitado reciente o de la barba de tres días, de acariciar una nuca desnuda o deslizar sus dedos por una melena descuidada.
Definía el amor como algo, sobre todo, relativo: relativo en tiempo, en duración, en intensidad, en entrega.
Disfrutaba de pasiones fugaces con desconocidos que se cruzaba miradas tiernas, lascivas incluso, a la salida del trabajo.
Conocía amores diferentes abriendo su corazón y sus piernas a todo aquel que le producía un leve cosquilleo con cada palabra.
Puta era para ella una palabra que, como los malditos códigos de barras, nunca entendió. Una palabra pronunciada por aquellas que se contenía de hacer aquello de lo que ella no se avergonzaba, por aquellas que sufrían por no ser capaces de dejar de engañarse.
Retales de Hipócresía.
Treboada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario