Tenía 2010 defectos: era insistente, obstinada, fluctuante en su humor, excesivamente clara, cortante o borde,...y 2004 más que no os voy a contar, sino sabríais tanto como yo y esto no pretende ser intercambio de información productivo.
Tenía dos o tres virtudes, escasas pero afianzadas. Una de ellas, la empatía.
Había conseguido entender lo incomprensible y perdonar lo que a mil ojos era imperdonable.
Había logrado sentirse menos dañada por entender las circunstancias de los de enfrente.
La empatía era algo más que sonreir forzadamente por no compartir ideas, la empatía era calzarse los zapatos del otro, probarse de abrigo su piel y sentir el mismo frio o la misma calidez.
El PROCESO DE EMPATÍA con mayúsculas y luces de neón, lo había culminado con Tatiana.
(O al menos eso creia ella.)
Seguramente la desconfianza de Alexandra viniese determinada por su código genético y seguramente también, Tatiana tuviese un código genético completamente opuesto.
No compartían visión de la moda, ni de los hombres, ni del destino.
No compartían nada y lo habían compartido todo: tiempo, sonrisas, cigarros, lágrimas y alcohol.
Siendo consciente de todas estas disparidades y de que Tatiana llevaba un tiempo, largo pero constante, sin encontrarse en su mejor época, ella intentó transmitirle, a su manera, su cariño, que se sintiese escuchada, entendida, arropada.
Le había mostrado o de-mostrado que si seguía por ese camino, que a su juicio no desembocaba en nada positivo,lo entendía y estaría ahi; si decidía emprender uno nuevo, lo entendería y estaría ahi.
Sin embargo, si decidía dejar de caminar y revolcarse en el fango, si decidía resignarse, Alexandra estaría ahi,pero nunca, never,no taxativo, podría entenderlo.
Tatiana percibía en otra realidad: no se sentía respaldada, no sentía el apoyo ni de ella ni de nadie y lo expresaba de modo explícito, susurrando al silencio, o a todo el que la quisiera escuchar,que no lo sentía ni lo había sentido.
Tatiana había arrojado la toalla.
Al parecer Alexandra tenía que renunciar a contagiar su vitalidad, a animarla a buscar nuevos horizontes, nuevas metas y a luchar por lograrlas.
Al parecer, si Alexandra la quería, debía ser más empática. Entender sus desventuras, su rendición, su desgracia, su resignación. Debía entender que la realidad la persegía y pisoteaba para arrebatarle lo poco que ella quería, realidad que por otra parte ella había distorsionada con premeditación y alevosía.
Aunque la proposición/consejo/advertencia amistosa de Tatiana podría parecer muy razonable con otro enfoque, Alexandra se planteó abandonar el proyecto, abandonar el proceso de empatía.
Y como ya os he explicado antes, la obstinación está entre sus d-efectos personales. Se planteó abandonar y abandonó.
Lo hizo por ella misma.
Odiaba no terminar sus proyectos, odiaba no poder hacer alarde de su empatia, odiaba no poder seguir a su lado ...pero se detestaría a si misma si la animase a dejar de caminar, a continuar en standby, a vivir sin quererlo, sin disfrutarlo, a vivir sin vivirlo.
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