martes, 30 de noviembre de 2010

Consumiéndonos

Solía compararse con la pescadilla que se muerde la cola...

Pero Alexandra contemplaba horrorizada como él era incluso más ambicioso, como se devoraba por dentro y por fuera a si mismo, como no se conformaba únicamente con su extremidad trasera.

Entró en una cadena de placeres que cada vez le dejaba menos márgen para respirar, una cadena que mientras le ahogaba, le producía un placer indescriptible gracias a esa adrenalina recién liberada.

Entró en un bucle de silencios que también le había dejado a él sin voz.
Entró y no supo como salir.

A medida que se iba adentrando, la puerta de salida se iba difuminando, se perdía en una tercera dimensión cada vez más lejana.
Del mismo modo, como espectador extrañamente objetivo de su derrota, sus ganas de acabar con la oscuridad iban creciendo, quería anticiparse al final.
Comenzó y esta vez si, supo como terminar.
Y llegó el final.

Y con el final se rompió el silencio, el placer; con el final se agotó su aire.
Su cabeza estallaba con el estruendo de los llantos de los más allegados; sentado al borde de una torneada madera de pino contemplaba su cuerpo magullado, sus ojos caricaturizados en una inmensa palidez.

Su placer terminaba donde terminó su adolescencia.

Su respiración entre raso blanco era algo más que breve, era irreal.

Como irreales habían sido sus ganas de vivir...

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