Salió de casa enfundada en unos pantalones de cuero, botas de tacón y un jersey que sin mostrar, insinuaba.
Su demora habitual en las citas no se presentó esta vez.
14:00 y allí estaba ella, 15 minutos eran los que distaban para que él apareciese y los que ella necesitaba para organizar sus ideas.
Maquillada pero natural, arreglada pero informal.
No sabía que decir ni a donde mirar.
Cada vez que el nº 1 en la escala de Richter invadía su intimidad mediante una llamada ambigua o un mensaje sin demasiados detalles, todo su mundo temblaba.
Temblaban sus recuerdos, sus cimientos, su cordura. Temblaban hasta las piernas lo poco que el cuero las dejaba.
Alexandra había aprendido a lo largo de estos años que debía guardarse siempre un as en la manga, tener siempre un reguardo por si el producto no sale como deseas que te lo cambien por otro, debía tapizar la silla con dos o tres respaldos porque conocía lo incómodo de quedarse sin nada.
Con él lo había apostado todo y en un 15 Negro ganó la banca.
El nº 1 era de apuestas seguras, de puntadas con hilo, de saber de que pie cojea el de enfrente.
14:20. Aparición estelar.
Le había concedido 5 minutos más para que ella pudiese elucubrar su plan. Esos 5, igual que los otros 15 no sirvieron o fue ella la que no sirvió.
¿Realmente era un juego de estrategia? ¿Había que saber cuando mover ficha p debería ser puro azar apto para todos los públicos?
¿Es el amor un juego de dos que perjudica gravemente la integridad del menos aventajado en estas artes?
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