viernes, 4 de marzo de 2011

El doloroso arte de matarse por dentro


Comprobó una vez más que la calefacción seguía en 23.
Volvió a su habitación y se dejó caer sobre la alfombra, sin fuerzas para nada más que para dejar que su mirada se perdiese en el espejo, entre su reflejo. Al otro lado, lo que nunca había querido ser. Un mundo que no era el suyo…
Cerró los ojos.
Sacó de uno de sus bolsillos el gloss de Max Factor, regalo de su último cumpleaños, y lo lanzó con todas sus fuerzas, con rabia hacia el origen de todo ese odio, hacia la figura que mostraba una realidad ficticia, hacía ese cristal que reflejaba su vida.
Sin inmutarse observó como su mundo se convertía en un imposible y cortante puzzle de mil y una piezas.
Cayó desplomada sobre la alfombra.
Abrió los ojos para asegurarse de que todo seguía como hacía un segundo.
Sacó de otro de sus bolsillos el móvil. Comprobó que no había ninguna llamada, ningún mensaje. Aprovechó para releer los antiguos.
Echaba de menos esos momentos en los que para recibir un mensaje tienes que borrar otro, la saturación en la bandeja de entrada.
Había dejado de cargar con el peso del resto del mundo. Ahora era el momento de tener preocupaciones propias, ilusiones, vida propia.
Todos se habían alejado, algunos poco a poco, otros ni eso…
Con Anna todo era distinto, desde que había irrumpido en su vida había estado presente en cada instante. Habían cambiado tantas cosas…
Se reía cuando le repetían que era el camino fácil. Se reía, se reía sin ganas.
No definía como fácil estar resquebrajando a su familia por la incomprensión, no aceptaba como fácil que sus amigos rehuyesen de ella.
Incluso su novio, el que la había colmado de promesas, había pronunciado parasiempres con fecha de caducidad
Tampoco veía necesario conservarlos sino respetaban sus decisiones.

Seguía desplomada sobre la alfombra con la calefacción a 23.La misma sensación de frío devorándole las entrañas.
Transcurrieron algunos minutos hasta que logró acercarse de nuevo a esa asfixiante fuente de calor. Le quemó los labios para introducirse por la garganta, le abrasó el estómago el calor de su abrazo.

Anna se mantuvo a su lado, en el último año cada vez estaba más presente. Le recordó que debía sacar el resto de comida que escondía en la habitación y bajarla con el resto de basura. El habitáculo se estaba impregnando de un peculiar olor a putrefacto y pronto se levantarían sospechas.

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