Fina llovizna.
Cigarro en la calle, rozando la hipotermia por cortesía de la nueva ley antitabaco.
Vomitaba inconsciencia y restos de wisky con red bull.
No había llamado y no lo haría.
Una vez más había sufrido pánico escénico.
El final del año anterior se había solapado al comienzo del nuevo.
Ocho años eran los que la separaban de aquella impulsividad inocente, de aquella rebeldía inconformista, de la lucha contra el mundo y todo aquello que no se correspondía con sus ideales.
Ocho eran los años que separaban su último abrazo sincero.
Tan inesperado como seguro habia resurgido de sus cenizas, que nunca se habían consumido del todo.
Tan rotundo como sincero había vaciado sus entrañas sobre Alexandra. Ella solo pudo reaccionar citándolo la última noche del año.
En la soledad del asiento de atrás de un C5, las lágrimas le inundaron el alma y se creyó tan frágil que a medida que el taxi sufría el pésimo asfalto de la N-120, ella se resquebrajaba.
El taxista contemplaba absorto la circulación, mientras balbuceaba algo sobre la escasa exigencia para sacarse el permiso de conducir.
72 horas fueron las que necesitó para prepararse para el gran encuentro, caña arriba, caña abajo..Los centímetros adecuados de escote, exhuberante o natural, elegante y clásica o sexy y resultona. Decenas de planteamientos que sobraban ante él, que tantas veces había recorrido su anatomía, que había explorado lo inexplorable.
La luz asomaba entre la furia de las nubes, amainaba la llovizna y se clarificaban las ideas.
No sabía si era demasiado tarde y no quería arriesgarse a preguntarlo.
Ni siquiera sabía si era demasiado pronto para que las heridas dejasen de sangran.
El tren que ella misma había construido, la oportunidad que se había ganado era tan soñada como aparentemente irreal.
Tuvo miedo pero no quiso correr.
Esperó inmóvil a que el cigarro se consumiese y los recuerdos también.
Esperó que el maquinista pasivo, el personaje secundario pasase a la acción.
Y se cansó de esperar a que jugase él, cuando el turno le pertenecía a ella.
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